-Esque Guille, hay que ser más Pinky. Eres demasiado Cerebro- y entraron todos. Yo me quedé parado, inmóvil. Explotó en mi cabeza toda una discusión dialéctica procedida por una reverberación continua que llega hasta el día de hoy y de seguro continuará por varios días.
Cerebro, a ti mi admiración. Tanto esfuerzo, tanto empeño, tanto talento, tanta dedicación.
¿No se nos ha vendido siempre la idea de que teniendo claro nuestro objetivo en la vida y aprovechándonos de nuestros mejores dones para llegar a él, conseguiríamos el éxito? Plantearse metas específicas, delimitar, trazar, diseñar, esforzarse al máximo con empeño, dedicación, trabajo, aún con gozo. Workoholics al oriente, stress-deaths al poniente.
Si alguna vez lo fueron, seguro las cosas ya no son así. Nacimos antes del fin del mundo*, y ahora que el mundo se ha acabado todo es diferente. He visto a más de un intento de Pinky conseguir más que yo con muchísimo menos esfuerzo. Y no me diera coraje si al menos tuvieran la mitad de corazón que tiene Pinky; pero están huecos por dentro, han aprendido a no ver más allá de la distancia que hay entre un sofá y un televisor. Son parte de un movimiento masivo y globalizado motivado por la inercia, ellos inertes. Pero el sistema les retribuye con creces esa fidelidad y sus hermosos balidos son en verdad redituables.
Hasta ese día antes de entrar al laboratorio disfrutaba recordado a Pynky & The brain con una sonrisa. Ahora no me queda más que una mueca postmodernista.
*En referencia a una expresión de Arturo Loría
Mostrando entradas con la etiqueta Pinky and The brain. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pinky and The brain. Mostrar todas las entradas
domingo, 9 de septiembre de 2007
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
