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jueves, 27 de diciembre de 2007

El búfalo de la noche sueña con nosotros.

De pronto me acordé de algunas cosas:

<<Continuamente me desperté con la sensación de que un animal grande y colérico respiraba junto a mí. Escuchaba sus resuellos, sus exhalaciones calientes, me incorporaba y abría los ojos>>.*

<<Su pueblo era Villalba, en Galicia, cerca del mar. Había llegado a México hacía treinta y cinco años, a los dieciocho, Montó el motel bajo la premisa de que son cuatro las necesidades básicas del ser humano: «Casa, vestido, comida y cogida» >>.*

Respiraciones fantasmales en la nuca, gallegos con moteles y él en México casualmente ahora, la secundaria, la prepa. Me acordé de algunas cosas porque a veces soy Rodolfo, a veces Guillermo, y otras tantas soy Manuel.


*Guillermo Arriaga, El búfalo de la noche.

domingo, 9 de septiembre de 2007

On the road y sin Amante

Dedicatoria: A mi no-Amante que en ese terrible día de batalla se terminó de ir.
Dedicatoria secundaria: No querías comprarme el libro, pues míralo, es anaranjado. Y tú, bastardo, no quieres regalarme el DVD que te robaste, pues tengo uno mejor. A ti, maldito egoísta que no quieres compartir tus tesoros con el mundo, pues los comparto yo. (Es con cariño)


Ayer fui a la guerra. Un día complejo debo decir. Primero había que comer algo: rib eye, tallarines, pan de tomate, fudge, cabernet, duraznos… No pude más, siempre mi primera comida del día es ligera, lo juro.

Ya con energía y una gastritis esperando su momento, era hora. Sólo había que hacer algo antes, regresar a casa para quemar una copia pirata del disco póstumo de Elliott Smith, From a basement on the hill. Recomiendo a todos hacer lo mismo, no veo por qué pagarle a la disquera por el trabajo de un hombre muerto. (Además el disco no es tan bueno como cualquiera de los anteriores).

Todo listo. Cd en el reproductor del carro, ventanas abajo para tratar en vano de mitigar el calor con costos bajos, bajo mi glúteo derecho la tarjeta. Casi podía sentir sus numeritos en relieve a través de la piel de mi cartera.

Clutch, palanca en primera. <<Marguerite Duras. Sí, Duras y …>> Algo en mi brazo izquierdo, frío y como distante. Una vez más, y de pronto un “Temporal de su puta madre” como bien dijo mi sabio amigo el gachupín menta-madres que trabaja para Telefónica, mientras intentaba salir de Liverpool habando a todo volumen por su Iusacell.

Nada me podía detener, ni siquiera el temor a los yucatecos manejando bajo la lluvia. Cualquier yucateco sabe de lo que hablo: un valor sin igual.

Marguerite, Margarita, Margarita, como la rosa o como el personaje de mi personaje. Marguerite…

Celular a María José. No hay respuesta. Celular a Berenice. ¡Bien! Siempre se puede contar con Be… <<…su llamada será desviada al buzón…>>. Jo de nuevo y nada. Resignación, será una guerra terrible, seguro habrán muchas pérdidas.

Arribo al campo de batalla, la Gran Plaza que no es nada grande. Miles de carros buscando estacionamiento, la lluvia interminable. Todos buscaban techo; pero yo, no, ¡yo soy un valiente! y además, la lluvia y yo somos uno mismo, y qué más dan unas gotitas y con paraguas de Garfield, y, y, y ¡puta madre! Ya me empapé todo. Da igual, Duras y Villazón harán que todo valga la pena.

-Disculpe. Disculpe… Sí, disculpe.- Bueno, recoño pinche vieja, ¿me va a atender o no?- Muy buenas tardes señorita- hasta por los oídos te han de haber cogido y por eso no me escuchas- Busco un libro de “Marguerite Duras”
-¿Qué?
-Duuraaas- ¡como las tablas que tienes por nalgas!

Clic, clic, clic, type, type, type:

-No tenemos nada de ese autor.
-Esa -aclaré- ¿Y es lo mismo aquí que en cualquier sucursal?
-Sí, es igual.
-Muchísimas gracias, tenga un excelente día.

Mensaje a Puebla vía SMS solicitando consuelo o esperanza, cualquier cosa era buena en ese momento. Antes de ir a Sanborns, decidí pasar a Mixup, temía que alguien se llevara la última copia de La Traviata que según el Internet estaba en descuento. Fue un error haber entrado ahí con el ánimo bajo y la desilusión en el corazón, fue un error.

Bitácora:
Ingreso al campo de batalla, mis piernas tiemblan un poco. Tengo que llegar hasta el fondo y las dos únicas formas de hacerlo implican pasar por el pasillo de rock alternativo o por la sección de indie pop (recuerdo el disco pirata de Elliott Smith y me siento un poco aliviado). Tomo el camino del pop (el rock sería una masacre) y consigo llegar hasta las puertas de cristal con partituras esmeriladas, no debo entrar, lo sé. Y justo cuando decido no hacerlo, ¡emboscada! Todo está perdido.

-¿Le puedo ayudar?
-¡SI! ¡Quiero La Traviata! Con Rolando Villazón, estaba en descuento.- El horror, ¡el horror! No era sólo lo que había dicho, sino cómo lo había dicho.

Al verlo mover las cajas de DVDs con tanta destreza, comencé a sentir un extraño tremor en mi glúteo derecho. No sé si lo hizo a propósito, pero dejó una sección separada, saltándome a la vista L’Elisir d’Amore. Recordé la noche anterior, Villazón terminando de repetir su aria y llorando entre aplausos interminables. Sin que el empleado se diera cuenta, estiré mi brazo y tomé la cajita buscando tembloroso una etiquetita roja. Nada. Daba lo mismo, no la iba a soltar.

Luego de un par de vueltas encontramos a “la perdida”. Maldita mi suerte, me estaba esperando y no estaba sola. Perversa Anna, con tus labios rojos y tu piel tan blanca, tus zapatillas con mi sangre, me esperabas y no estabas sola:

Appalachian Journey, etiqueta roja.
Lotería cantada, etiqueta roja. (Pícara Lila, hasta te ríes de mí)
Baraka, no hacía falta la etiqueta roja.

Voy hacia la caja. Hace falta para eso, cruzar, de esquina a esquina todo el lugar. Visión de equino en calandria. No mires a los lados, no mires a los lados. Evítalo, ¡no hagas contacto visual!

La caja al fin. Entrego la torre de DVDs y me preparo para sacar la tarjeta que retumba en mi bolsillo.

-¿Es todo? - ¿Es todo. ¡Es todo!? ¿¡Qué más quieres de mi!?
-Sí, es todo- Pero no era cierto.

-O.. Oy.. Disculpa, ¿tienes acceso a catálogo como para checar un precio?
-No tendría…
-¿Allá no?
Asintió.
-Su firma por favor- y extendió el acta de rendición.
-Gracias.

Alejándome lo menos posible de la puerta me acerqué a la sección de películas.
-Estoy buscando una película, 2001.
-Sí un momento.

Algo despistado pidió apoyo, Tal vez mi sometimiento los había contrariado.

-Aquí tienes.
-Muchas gracias.

No vi la etiqueta roja. ¿Qué más? I was a dead man walkin’ by then. Una firma más y podría huir hacia mi auto. No, no podía, aún quedaba Sanborns.

-¿Sí?
-Busco un libro. El amante.
-Un momento
-Es de Duras…

Un momento, dos momentos, tres momentos… Ahí viene.

-Lo siento, no lo manejamos.

Ya estaba en el camino y no había forma. Lo único que quedaba por hacer era terminar con todo y regresar a casa. Había que pasar por la otra sucursal de Dante, la primera librería que visité ese día en la misma plaza.

-¿Duras?
-Sí, se escribe así como duras de duro o de durar.
-No está El amante
-¿Y si pones L’Amant?
-Sólo tenemos en español
-¿Cuál es el que está entonces?
-Iara iara- dijo mientras la ignoraba
-La vie, la rue, the road, ¡On the road! Ah sí, En el camino.

Porque al fin y al cabo eso es lo que hay para mí, y ahí es donde debo de estar, On the road.







El saldo de esa tristísimo guerra en orden de defunción:

231 por L’Elisir d’Amore
209 con La traviata
149 con Appalachian Journey
184 a manos de Downs en Lotería cantada
44 en Baraka
89 tras esta odisea en el espacio, pues sí tenía etiqueta roja.
180 más perdidos En el Camino

Sumando un total de 1086 muertos en batalla.

Telefónica

¡Carajo! La fila llega hasta la entrada. No entiendo por qué no asignan turnos, carnisalchichonería a la vanguardia y la banca en la prehistoria. Ha de ser cosa de alemanes.

Luego de 20 minutos, sin moverme más de medio paso, deseo encontrarme con alguien conocido; pero por supuesto eso sólo sucede cuando no lo quieres. Luego de tres cuartos de hora he avanzado a la mitad. De la nada se materializa un conocido en una de los sillones de espera, tendré que esperar otros 20 minutos para poder establecer contacto visual y conversar con un wey que sólo he visto un par de veces. Lo que sea para evitar el astío.

Una hora quince minutos. La locura me asecha y por fin puedo platicar con el wey que parece estar esperando a alguien 30 minutos atrás en la fila.

La plática es estúpidamente hueca, mejor me hubiera mordido las uñas para incomodar a la gente y darles algo de qué hablar.

Detrás de mí, voz A (de extraño acento) se queja con voz B (digitalizada) sobre la tardanza. Es cierto, es un infierno; pero el "tío" y su neurosis me hacen pensar más y más en ello. En el bolsillo de su camisa tipo escolar una M que parece gargajo mal escupido, chorreado y bicolor.
Mi conversación por fin cobra sentido, me siento un poco aliviado. De pronto:

-¡¿Podéis pasar por favor?!
-...siguiente.
-(Puto gachupín de mierda)